Pedagogía Crítica

jueves, febrero 02, 2006

somos MAS

Cochabamba, 19 de diciembre de 2005
04: 26 AM
Compañeros: Aun se escucha la morenada las cuecas del festejo. Es un “domingo rojo” como aquel que canta Silvio, sólo que éste esta teñido de azul, blanco y negro, un día inolvidable para millones de bolivianos y bolivianas, y para aquellos que, aquí o allá, sueñan con un mundo más justo, más humano y solidario.
Al son de la música también se inician las especulaciones. Algunos dicen que nada se podrá hacer si tenemos la impertinencia de desviarnos un milímetro del rumbo que establecen los señores del mundo, así nos lo acaban de recordar los que saben dominar las reglas de un futuro tan desolador como el inexorable pasado y presente que nos han obligado a sufrir. Ya salen a entonar el réquiem de lo que todavía no nació.

Y aunque todo eso podría estar presente, hoy no queremos hacernos esa pregunta. No porque no seamos realistas, sino, justamente, porque lo somos. No porque no seamos pragmáticos, sino, justamente, porque queremos serlo. Un realismo y un pragmatismo diferente al que nos proponen los que dicen ser capaces de tranquilizar a los mercados. Y muy diferente también al de aquellos y aquellas que suponen que nadie, tendrá condiciones de hacer nada que no sea someterse a las imperiales reglas que imponen los dueños del mundo.
Somos realistas y pragmáticos. En un cierto punto, todo sigue igual. Somos un territorio de miseria y exclusión, donde la extraordinaria acumulación de riqueza convive con una salvaje producción de pobreza; todo sigue como siempre ha sido, somos el país más pobre de Latinoamérica. Pero nuestro realismo no se queda ahí. No se choca con el muro de más de 500 años de infortunio. Somos realistas porque somos capaces de ver que, a pesar de todo esto, hemos dado un paso extraordinario.

Ahora, un campesino, un labrador, un trabajador, un cocalero líder de un partido de masas, un luchador de los movimientos populares y democráticos, nacido en pueblito perdido allá, en un sur repleto de miseria, que pasó una infancia con tan poca escuela, poca comida, poca esperanza, pocos juguetes y mucha dignidad. Ahora, este boliviano igual a miles de bolivianos (tan igual que ni presidente parece) va a ocupar el sillón que hasta ahora estaba reservado a los ricos o a quienes los representan. A los dueños de la tierra o a quienes los representan. A esos que siempre, de una forma u otra, nos han pretendido convencer que debemos conformarnos con vivir en una sociedad partida, desigual, racista, excluyente.
Somos realistas. Este domingo ganó la Bolivia de los que estaban en el sótano de su historia los indios, los oprimidos; la de los niños y niñas sin escuela; la Bolivia de los derechos negados. Somos realistas: el domingo no ganaron las trasnacionales, no ganó las agencias de crédito internacional, no ganó la derecha. No ganaron los partidos tradicionales que nos gobernaron y jodieron esta tierra hace tanto tiempo. No gano UNITEL y su guerra sucia. El domingo, al menos "ese" domingo, "ellos" perdieron, aunque ahora traten de disimularlo.

Hoy festejamos porque ganó la Bolivia de los pies descalzos, de la cara sucia, de la ropa raída, siempre gastada. Y ahora que las fronteras se tornan difusas, hay que decir y afirmar de qué lado estamos.

Es la hora de festejos y de preparativos. Hora de pedir a los músicos que continúen arrullando nuestra marcha. No nos pidan que entonemos un réquiem deprimente, cuando lo que queremos es multiplicar los sonidos de una interminable canción de lucha. No nos pidan que nos abismemos en la profundidad de un cuarteto de analistas, cuando lo que queremos es desarmarnos al ritmo de la cueca. No nos pidan seriedad, cuando queremos sumarnos a la caravana de una wiphala libertaria.

Yo, qué quieren que les diga, estoy a flor de piel. Tan joven y tan viejo con una alegría infantil y una locura senil. De tan a mil, tengo la piel de gallina y los relojes pretenden convencerme que ya está amaneciendo, que ya es Lunes. Miro a bolivianos y bolivianas nacidos en los más recónditos lugares, sin miedo de gritar nuestra alegría, de abrazar nuestras esperanzas, de descifrar nuestras preguntas, de confesar nuestros miedos, de llorar agarrados de las manos y de los corazones. El cielo se llenó de estrellas, por un momento llovía coca, llovía flores, fuego multicolores. De banderas azules. Y de lágrimas brillantes.
Estoy a flor de piel, quizás porque tengo un hijo, Ernesto Camilo, al que quiero cantarle esta marcha triunfal como una dulce canción de cuna, cubrirlo con esta bandera linda, radiante, con un MAS así de grande. Me lo imagino cantando y saltando y riendo, veo su fotografía al frente de mi mesa, con su brazo izquierdo en alto y su polera con el retrato del Che, siento orgullo, orgullo tonto, trivial, inconsistente, quizás, como todo orgullo. Pero enorme. Enorme como su risa que me ilumina ahora.
Estuve con los compañeros dos horas esperando la llegada de Evo a la sede de los trabajadores cocaleros, juntos y contentos esperábamos el inicio del mensaje. Felices anhelábamos el comienzo del discurso. Cerré los ojos, sentí en aquel aire denso, la carga, las marcas del sufrimiento ancestral de un pueblo dispuesto a construir su propia historia. Abrí los ojos y en mis manos sentí que miles de manos morenas, manos blancas, manos indias, manos con barro, manos con grasa, manos con tinta me abrazaban. Ahí fue que descubrí que, aunque Evo no había llegado, el discurso estaba comenzando, con la voz ya afónica, decidí no contener las lágrimas para poder escucharlos mejor.
Han pasado algunas horas de la victoria. Por momentos, siento que me invade una esquizofrénica depresión. Recuerdo haber escuchado alguna vez que, después del parto, la sensación suele ser la misma. Quizás sea eso. Sí, eso: estamos pariendo una nueva Bolivia.

Raúl